27 agosto 2017

Las vacaciones del Sr. Bartual



Así comenzaba todo.
Manuel Bartual es director de cine y autor de cómics, entre otras cosas. Es un NARRADOR.
Durante siete días, Bartual nos ha contado en Twitter sus vacaciones. O algo así. Ese relato le ha convertido en una de las cosas más seguidas en internet ¡a nivel mundial! Y ha involucrado a miles de personas que han seguido cada twitt y comentado cada nuevo pasaje (incluyendo a varios personajes muy famosos como José Coronado o Iker Casillas, o instituciones como Netfix España y HBO España, o la mismísima Guardia Civil). Los comentarios (ver el primer twitt arriba reproducido) se sucedían vertiginosamente, superando los mil en un minuto escaso.
El fenómeno, lógico, no ha gustado a todo el mundo. Pero entre los detractores se advierte una alarmante falta de base sólida en la crítica.
He leído dos formas de "crítica" al fenómeno "las vacaciones de Bartual" y las dos muy endebles.
Una pasa por la credulidad/incredulidad. El lector que se siente engañado o el que ningunea el experimento "porque no hay quien se lo crea". Es evidente que el relato juega con los códigos narrativos del mismo modo que el subgénero del mockumentary, por ejemplo (sin serlo, ojo). Y sí, hay quien se ha cabreado ante la visión de un mokumentary, incluso cuando avisa de que lo es (recuerden el Golpe de Estado en Salvados). Por tanto ser mentira, pretendiéndose verdad, es una característica del producto al menos durante su arranque (luego, evidentemente, es pura ci-fi), y parte intrínseca de su valor de ruptura (las rrss se han entendido generalmente como plataforma de expresión personal -hasta el punto de poder constituir delito lo que en ellas expreses-, o como vía de publicidad "capitalista"... no tan a menudo como canal para la creación)
Otro ataque, que apunta también al lector del asunto, sería el de "póngase a leer un libro en vez de esto". Como si la gente que lee twitter NUNCA leyese otra cosa, ni viese cine por el hecho de que Bartual emplea grabaciones caseras en su relato. Una necedad, cero caso.
Me encantará leer una crítica severa al relato #Manuel, pero que se asiente en bases sólidas: su calidad intrínseca, si es o no novedoso... ¿mi opinión personal? para mí sí que tiene calidad y sí, es enormemente novedoso (cierto, no en sí mismo, literatura en redes, alo preexistente, sino como hecho global: literatura en redes convertida en una construcción casi universal), y creo que saldrán análisis al respecto, porque menuda tela lo que nos ha dado Bartual estos siete días.
Además de lograr un nuevo "zeigest" en estos tiempos de furia on line, donde todo son culos apretaos y cabreo e indignación 2.0 ante todo (en ocasiones, muy lógica, otras no tanto), el relato de las vacaciones de Bartual ha sido algo ingenioso, con mucho humor como casi siempre en su obra, y que ha puesto a todo dios (Trending Topic MUNDIAL, dudes!) de muy buen humor (ahí están los miles de comentarios en cada twitt, muchos fascinantemente brillantes, generando un relato coral, reticular, diferente a todo lo que yo conozco).
Solo por esto, por cambiar nuestro bioritmo anímico durante unos pocos días, es una de las mejores cosas que han sucedido en 2017.
Nos la has colado bien, Manuel Bartual, ¡GRACIAS!

PD: Antes de tuitear su historia Bartual tenía 16.500 followers. Hoy tiene 431.000 (y lo que venga). Y tanto talento como siempre. Ojalá esto revierta de algún modo en más posibilidades para crear. De eso se trata.

23 agosto 2017

Una serie de catastróficas desdichas (serie, Netfix)

La serie de libros de Lemony Snicket (alias de Daniel Handler) ya se tanteó con una película hace años, con Jim Carrey como principal reclamo. Ahora Netflix crea la serie, que traslada a la pequeña/media pantalla los diferentes libros originales con resultados, digamos, contradictorios.
Su estructura es limpia: cuatro historias -cuatro libros- contenidas cada una de ellas en dos capítulos. La producción es impoluta: una reconstrucción con tintes oníricos de un ambiente entre Charles Dickens y la saga de Harry Potter (serie que es prácticamente coetánea a la de Snicket, a la que se adelantó en su estreno en un par de años) con mucho de Tim Burton. Las interpretaciones son ajustadas, histriónicas e impregnadas de un humor muy británico, irónico y más latente que explosivo.
Un producto bien empaquetado, por tanto, que no obstante se desinfla a partir del segundo "ciclo".
Quizá el problema provenga de la serie literaria original (que desconozco), su reiteración argumental, el débil macguffin que suponen los padres de los huérfanos Baudelaire...  O quizá de que los ambientes "timburtonianos" saturan.
En todo caso, a los hechos empíricos me remito, el producto, en su impecable producción y humor inteligente, gusta a los niños (pongamos de diez anos para adelante) y no molesta a sus padres. Aunque termine por aburrirnos.

17 agosto 2017

La noche que cayó Pompeya

Un juego familiar que se adoba con un poquito de mala leche a la hora de jugarlo puede ser una perfecta solución para arreglar una tarde tostón, y en esa categoría entra de lleno este Pompeya ("la noche que cayó Pompeya" para los amigos).
La base es histórica, evidentemente, lo que supone ese plus que te dan algunos juegos (y que personalmente es lo que más me gusta de los "boardgames", muchas veces proponen una actividad lúdica con su parte digamos educativa y cultural). Pompeya, una próspera ciudad romana comercial, vive a la sombra del volcán Vesubio. En el año del consulado de Augusto y Vespasiano, 39 dC, se acaba la gracia: Pompeya y sus habitantes perecen bajo cenizas y lava.
No te esperes una suerte de "wargame sin guerras", una simulación sesuda... esto es un "eurogame", un juego familiar en el que el tema y la narración tienen un peso modesto frente a las mecánicas del jugar. Y esas mecánicas están bien afinadas, ¡por algo se vende como la "por fin recuperación de un clásico" en castellano...

El juego despliega un mapa de la urbe con su volcán tridimensional de cartón plastificado. Y se juega en dos etapas diferentes. En la primera el jugador va a ir colocando en la ciudad habitantes de "su familia" (esto es, peones de un color determinado), obedeciendo a una mecánica sencillita, de cartas.
Poblando Pompeya con fichitas de madera.
En la segunda etapa (o tercera, antes ya hay algún cambio, "presagios" que auguran malos tiempos...) entra en erupción el volcán merced a una carta escondida en el mazo. Cambian las reglas y empieza una suerte de carrera: hay que sacar fuera de la ciudad tantos de tus habitantes como puedas, antes de que la lava cubra Pompeya.
Estos ríos de magma los genera por turnos cada jugador (primero pone una loseta de lava en el tablero, luego mueve sus peones) y en su decisión de por dónde discurre la lava durante su turno, tratará de llevarse por delante peones de sus rivales. Aquí está la mala leche, ¡qué gustito malévolo da tirar las fichas de un rival dentro del volcán que preside el tablero!
Lava al trote y pompeyanos cocidos
Ganará la timba quien consiga sacar más ciudadanos de su bando.
Juego para 2-4 personas que funciona mejor a cuatro, que se puede jugar a partir de 10 años y con partidas de unos 45 minutos. Un juego de Klaus-Jürgen Wrede, el creador del superventas Carcassonne. Sencillo como un Aventureros al tren, pero con ese mojo-picón ya referido, la mala babilla, que seamos sinceros, entra bien si te lo tomas como un ingrediente más de la receta del juego.
Y cuanto más se juega, como debe ser con cualquier buen juego, más posibilidades tácticas le ves al asunto.
Si tienes paciencia y 20 minutos para gastar en estas cosas, aquí una gente se echa y explica una partida:

16 agosto 2017

THE JESUS AND MARY CHAIN, Damage and joy

Entre 1985 y 1988 fueron la mejor banda de rock del planeta. Una ruptura inigualada y radical (Psychocandy), un lavado de cara a la tradición (Darklands). Luego, discos notables y regulares dentro de una capacidad para escupir melodías redondas siempre.
The Jesus and Mary Chain fue el invento de dos hermanos que tras veinte años de carrera musical llegaron a odiarse y que no hicieron jamás ascos a los excesos tóxicos. La cosa acabó a hostias literalmente (sobre un escenario) y fin.
Una década más tarde, limadas asperazas fraternales y comprobado el estado de las cuentas bancarias, la Cadena vuelve a existir. Pero sin tensión.
Damage and joy es un disco correcto con un puñado de canciones buenas. Canciones que recuerdan a su legado. Así que bueno, nadie mejor que ellos para imitarse. "War on peace" tiene esa cadencia de medio tiempo venenoso corrompido en su tramo final (por un ritmo casi frenético para sus estándares); "All things pass" parece una cara B de la camada de singles de Honey's dead, disco de 1991 en el que coquetearon con los ritmos bailables; "Son for a secret" sería un timo (es, casi literalmente, su viejo single "Sometimes Always") si no fuese tan bonita, "The two of us" tiene un estribillo perfecto, y recuerda a "April Skies", por ejemplo, y en "Get on home" aparece el ruido blanco.
Falta en todo el potaje eso, precisamente: ruido y sangre, la tensión eléctrica se ha quedado prácticamente como un testigo puntual. No tengo la sensación que transmitía Darklands, aquella obra maestra que rebajó el octanaje para crear un espacio nuevo, ajeno a la distorsión loca. Más bien aquí todo me transmite que donde pudo haber sangre (muchos temas ganarían con más electricidad en Damage and joy) me han dado horchata, un disco ablandado.
Un disco ablandado, un disco-eco, pero en fin, no un mal disco. Si has sido fan (y yo he sido MUY fan) la escucha es afable, como reencontrarte con tu colega de 1º de carrera veinte años más tarde. No es lo mismo, pero aquellas juergas aún chispean en el fondo de la mirada.