26 noviembre 2017

Aldous Harding, Party

Hagamos un imaginativo ejercicio de especulación. ¿Cómo será pasar unas horas, como espectador, en un fumadero de opio? Rodeado de cuerpos tristes, huidizos de la realidad buscando en el opipáceo envasado una realidad diferente, en la que no podrán escapar de sus heridas, pero sí asumirlas con una desidia que da cierta resistencia al dolor a través de la quietud de los cuerpos.
Yo que no consumo esas rarezas orientales, ¿allí dentro cómo me sentiría?¿Me emborracharía el ambiente? Party se deja inhalar con una dulzura extraña, más penetrante en los temas menos espaciosos y cabriolescos (la voz de Aldous Harding sabe dar sorprendentes saltos mortales sin red, pero en ocasiones se mantiene en un "perfil bajo", de duermevela tóxica... y cuidadín ahí con ella, cuidado en "The world is looking" o "Blend")
La música de Party, pese a la metáfora, es algo que agudiza los sentidos y asombra, porque es mayúscula, madura y sin romper plato alguno, renueva la vajilla del folk crepuscular. Vamos, que no inventa (¿quién lo hace desde que se descubrió cómo volar?) pero renueva las cocinas. Las renueva con una producción llena de espacios y silencios, con efectos sorpresivos como esos niños que rajan "Imagining my man", con una dicción de esmero casi obsesivo, y con una voz capaz de desdoblarse en diferentes intérpretes dentro de la misma canción.
Party no es una fiesta porque es oscuro, pero más románico que gótico: recio, básico, dominando las penumbras, lleno de señales para el intelecto, no para los sentidos.
Party es una fiesta porque enfoca al futuro, que en Aldous Harding se ha vuelto presente. Malditas caladas a tragos largos, me han deslumbrado.
[POR FAVOR, esta vez no dejes de ver el clip]

22 noviembre 2017

Casus belli

¿Porqué hacer un blog durante trece años y los que vengan? Yo lo hago como algo personal, sin más. Me gusta hacerlo, no busco nada, es "mi puzzle". Y como en mi primer post hace ya 13 años sigo haciendo lo que me sale del pito en esta bitácora. Aquella bisoña declaraciòn de intenciones la mantengo ("La idea es el despotricar, para bien o para mal, de todo lo que me de la gana"). Ahora me ha dado por juegos de mesa, ¿me lee alguien esos post? Os confesaré que no miro las estadísticas de El Octavio Pasajero desde hace mucho, quizá años, así que ni flores. ¿Me lo paso bien escribiéndolos? Sí. Como me lo paso bien contando las pelis o discos que me gustan, y ya no me lo paso bien con otras cosas que antes hacía en este o en mi otro blog (el "de cómics", más institucional y responsable, pero rotundamente igual de personal) y que ya no hago. O como no me lo paso bien con Sobre Sandman y ahí queda, un blog congelado hasta que me de el arrebato (si me da).
Lo demás se lo dejo a gente con más ego. Yo quiero fiesta.

12 noviembre 2017

Century, la ruta de las especias.

Construcción de mazo, en pitinglish "deck building". Mecánica de ciertos juegos de mesa que consiste en la creación de mazos de cartas que te permiten hacer cosas (como ganar la partida). Partes con unas cartas y vas añadiendo otras, y/o cambiando cartas por otras que te convienen más. A ver cómo te explico. Imagina un juego (me lo invento) para restaurar un lienzo del siglo XVIII, en el que partes con dos propiedades representadas con dos cartas: un caballete y pinceles. Los pinceles son una carta, el caballete otro. Hay castas de disolventes, de adhesivos, de pigmentos y aglutinantes, y de barniz. En el juego para conseguir restaurar el cuadro no vas a hacer demasiado con tus dos cartas de caballete y pinceles, tendrás que conseguir todas las demás y hacerlas interactuar, ¿verdad? Pues así ya sabes qué es eso de deck building en el argot de lo sjuegos de mesa.
Century es un deck building sencillo, eficaz y que te pone la cabeza a echar humo por las orejas. Un juego de reglas sencillas y desarrollo intenso aunque puede jugar hasta un niño, Yo juego en familia y el asunto se está encaramando al top de nuestra ludotequita.
El tema es el comercio de especias, la ruta de las especias d elo soantiguos. El despliegue es sencillo: en una fila disponemos cartas de "mercader" que nos dan especias o nos permiten cambiar especias por otras. En otra fila, se disponen cartas de "mercado", que son las que puntúan y cuestan especias (esas que has ido recolectando con las cartas de "mercado", vamos). Esas cartas de "mercado" son el objetivo: hacernos con seis de esas cartas, mediante su trueque por especias. En otro lado de la mesa se disponen dichas especias: azafrán, cardamomo, canela y cúrcuma. Son cubos d emadera tintada. Hay también moneadas de plata y oro que se asocian a algunas cartas.
La ruta desplegada. Las imágenes de los detalles corresponden a este blog

Ya sabrás que aquí no explico reglas, solo sensaciones y unas pinceladas básicas, más descriptivas que otra cosa (esto es un blog personal, no "de boardgames"). Creo que lo que hace poderoso al juego es la combinación de unas mecánicas realmente atractivas aunque sencillísimas, que casi se explican sobre la marcha jugando sin más, y unos materiales realmente buenos: las cartas son chulas, posiblemente lo que mejor nos transporta a la ruta de las especies (porque por lo demás, el juego es un mecanismo o instrucciones, pegados a un tema... podría ser un mercado espacial de Star Wars sin problema); las monedas son metálicas, no de cartón, y las especias (cubitos de madera) tienen sus cuatro cuencos para contenerlas durante la partida.


Resulta una gozada jugar con estos componentes, ya que la partida cobra un extra táctil: el tacto de la madera, el de los cuencos de plástico, el del cartón satinado de las cartas, y el del metal de las monedas. Nos falta un camello cagando en la habitación para simular un auténtico mercado oriental medieval.
Y como extra el juego ya lo dice en la portada: continuará. En 2018 vendrá su segunda parte, y en 2019 una tercera. Todas independientes, jugables como juego aislado, pero juntas formarán un juegaco unitario. Veremos si funciona o resulta un desmadre.

11 noviembre 2017

LA CUMBRE ESCARLATA, de Guillermo del Toro

Ahora que Guillermo del Toro se ha hecho con  el Léon de Oro de la 74 edición del Festival de Venecia con su último film, La forma del agua, me apetecía volver a su cine y al tiempo disfrutar de una de fantasmas. La cumbre escarlata me ha parecido un buen compendio de las virtudes del director de Hellboy, de lo mejor que en ocasiones nos ha ofrecido.
Cuando en su día vi Cronos quedé fascinado por la visión rompedora del mito vampírico, por algunos ambientes muy conseguidos, por un lirismo con gusto y por el sentido físico del horror que sabía imprimir a algunas escenas. Bien, creo que hasta esta Cumbre escarlata, y gustándome casi siempre la obra de del Toro (en mayor o menor grado siempre deja un algo que merece la pena en su cine), no había encontrado un film del director que volviese a cuadrar tan bien todos aquellos elementos que han hecho de Cronos una de mis pelis de género del horror favoritas.
Difiere de su ópera prima en el aparato de producción o incluso sobre producción. No lo digo como crítica. La cumbre escarlata es una cinta que se mira en el gótico del XIX, las historias de Horace Walpole o  Matthew Lewis. Con un sentido enfático y recargado, del Toro nos introduce en ese estilo literario engolado y adjetivado que recrea espantos dieciochescos, fantasmagorías, crímenes hórridos, castillos lúgubres... Evidentemente este marco referencial arrastra inevitablemente al cineasta a otro marco, cinematográfico. Hay mucha Hammer en esta película: su colorido feroz y contrastante, su gusto por las escenografías ominosas, y también la maestría de un Fisher para sugerir y provocar miedo con puro lenguaje cinematográfico (así el clímax, una persecución muy elíptica con escenas confusas que nos lleva a lo que siente la perseguida).
Por lo demás la cinta jamás engaña. Es puro producto de género, casi un serie B con pasta bien administrada: el apartado de vestuario es casi un personaje en sí mismo, excelente, y no hablaremos de esa casa monstruosa en que se desarrolla la mayor parte del relato, una suerte de castillo maldito que se hunde lentamente en un suelo blando, arcilloso, que supura tierra roja como sangre y al tiempo vive en la sugerencia de Henry James y Otra vuelta de tuerca.
Y como juguete genérico transparente, sincero y aorguyoso de serlo, ya arranca con un guiño obvio al Nosferatu de Murnau, lueo evoca al Corben que filtraba a Poe, e incluso mira al slasher y, de paso, a El resplandor de Kubrik. Sí, recopilamos: hemos mencionado a Poe, Lewis, podríamos citar a Bram Stoker (hay una relación de dependencia casi vampírica en esta cinta, y un escenario totalmente draculiano), a Stephen King... y a varios cineastas y cintas absolutamente primordiales en la historia del género del terror. Guillermo del Toro ha querido rendir un homenaje de luxe a su género de cabecera, el que le ha llevado a un puesto importante en los mentideros del miedo, la sangre y el susto. No renuncia a su adn autoral (no podría faltar la fijación/fascinación con el mundo de los insectos, tan Lynchiano por otra parte, y tan simbólico), y lo reivindica con un cuento macabro, en ocasiones hiperbólico (un despipote, vamos, pero creo que muy autoconsciente) y una bombonera visual con muchas escenas impactantes.
Hay más: hay Hitchcock, y hay una lograda convivencia muy de su director, entre belleza y un lirismo galante (hay mucha galantería, sin duda, en La cumbre escarlata), y persiste durante todo el visionado una sensación de pesadilla entre el duermevela (lo fantasmagórico) y la profunda fase R.E.M. (los horrores muy físicos que esconde la mansión).
Ganas de ver la nueva. Viva México (tierra y cultura muy próxima a la muerte, por otro lado... tenía que dar hijos del terror como del Toro, tarde o temprano)