26 noviembre 2017

Aldous Harding, Party

Hagamos un imaginativo ejercicio de especulación. ¿Cómo será pasar unas horas, como espectador, en un fumadero de opio? Rodeado de cuerpos tristes, huidizos de la realidad buscando en el opipáceo envasado una realidad diferente, en la que no podrán escapar de sus heridas, pero sí asumirlas con una desidia que da cierta resistencia al dolor a través de la quietud de los cuerpos.
Yo que no consumo esas rarezas orientales, ¿allí dentro cómo me sentiría?¿Me emborracharía el ambiente? Party se deja inhalar con una dulzura extraña, más penetrante en los temas menos espaciosos y cabriolescos (la voz de Aldous Harding sabe dar sorprendentes saltos mortales sin red, pero en ocasiones se mantiene en un "perfil bajo", de duermevela tóxica... y cuidadín ahí con ella, cuidado en "The world is looking" o "Blend")
La música de Party, pese a la metáfora, es algo que agudiza los sentidos y asombra, porque es mayúscula, madura y sin romper plato alguno, renueva la vajilla del folk crepuscular. Vamos, que no inventa (¿quién lo hace desde que se descubrió cómo volar?) pero renueva las cocinas. Las renueva con una producción llena de espacios y silencios, con efectos sorpresivos como esos niños que rajan "Imagining my man", con una dicción de esmero casi obsesivo, y con una voz capaz de desdoblarse en diferentes intérpretes dentro de la misma canción.
Party no es una fiesta porque es oscuro, pero más románico que gótico: recio, básico, dominando las penumbras, lleno de señales para el intelecto, no para los sentidos.
Party es una fiesta porque enfoca al futuro, que en Aldous Harding se ha vuelto presente. Malditas caladas a tragos largos, me han deslumbrado.
[POR FAVOR, esta vez no dejes de ver el clip]

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