25 abril 2018

Shoegaze 11: mueve tus caderas.

Ya Loveless cerraba (y antes el Glider EP en 1990 abría) con "Soon", fornicio glorioso de ruido extremo y dancefloor. El shoegaze nació, por así decirlo, con querencia a la pista de baile y a la electrónica. Y hubo bandas que exploraron ese terreno.
La mejor, Seefeel. Quique es, además, un debut de esos que se meten en listas de "best debut album". No es para menos. "Versentir" (menudo nombre más descriptivo) fusionaron en perfecto equilibrio la electrónica de su tiempo (Amphex Twin siempre en la cima) y los pasajes más etéreos, menos agresivos de "Loveless". La argamasa resultante es una hipnótica fusión de sonidos alrededor de ritmos cíclicos, hipnóticos, entre los que a veces se cuelan voces desde el cielo. Sus posteriores pasos se adentraron en el bosque electro, sin perder calidad y riesgo.
En 1993 con discos como este nacía el post rock. Alejando la licuefacción sónica del rock y llevándola a una pista de baile donde nadie baila, solo escucha atenta, extática. Y como manda el género post, esto no es una sucesión ortodoxa de canciones sino un todo que es mucho más que la suma de sus partes. Hay que escucharlo entero, sin pausa, para sentir. Y ver.

21 abril 2018

Rhodes, el fenómeno

Es curioso cómo la prensa especializada en clásica ventila a Rhodes achacando carencias técnicas y manierismos varios. Supongo que con razón en ese análisis. Que Rhodes no es una Maria Joao Pires, un Daniel Barenboin, ni siquiera un Lang Lang (quien puede parecerse mucho a Rhodes en su gusto por romper ciertos muros de metacrilato).
El asunto a calibrar está en si un músico puede aproximarse a la clásica con actitud musical contemporánea, esa que ha elevado, con justicia, a Bob Dylan, Lou Reed y John Lydon a los altares (no siendo ni grandes músicos ni grandes cantantes). Y creo que en ese sentido el fenómeno Rhodes es interesante (o importante) porque por primera vez se rompen ciertos muros que es muy pertinente romper.

Es verdad que en Rhodes no cuenta el facto "composición" que eleva a los ejemplos "rock" que citaba arriba, pero hay que admitirlo, consigue algo que muy pocos consiguen en la clásica: la más preciosista destreza técnica e interpretativa no liga con el siglo XXI si se acompaña de maneras dieciochescas (salvo en un reducido grupo que, admítelo, no dejan de ser unos frikis de lo suyo, aunque lo suyo revista Aaaalta Cultuuuura). La clásica no se mueve, en tanto que espectáculo (¿qué otra cosa es una sinfónica en directo?) desde hace demasiado. Y la endogamia clásica ni quiere verlo, ni repararlo, ni admitirlo como problema. Pero la clásica es emocionante y maravillosa. No sus formas "de academia" sino esa música acojonante. Ahí Rhodes gana por goleada, sin estridencias (no hace el saltimbanqui en escena, gracias al cielo), con ironía (monologuista, signo de los tiempos) y en formato píldoras, muy asequible a todos. El beneficio, ganar acólitos a patadas, es muy superior al daño, interpretaciones justas o controvertidas.

Shoegaze 10: España/Perú

En España hubo algo de shoegaze.
Un nombre en concreto elevó el género a cotas de notable elegancia, con una producción que echaba la casa por la ventana y que superaba la tónica habitual en el indie nacional, afecto al lo-fi más por presupuesto/falta de recursos/inexperiencia, que por convicción.
En cielo de océano (1993) no es "lo-", más bien brilla como una joya pulida, y supone una propuesta elegante, entre lo audiobello que pondrían bastantes años más tarde tan de moda Sigur Rós, y atmósferas de un misterio oscuro. Por descontado, todo empapado por mucho ruido desde su arranque, "Un bosque en al memoria" repleto de feedback, sintetizadores y susurros andróginos.
No fueron los únicos por estos lares, pero sí los más personales, y además no sabían estar quietos: cada nuevo trabajo supuso un golpe de volante, hasta derivar en la electrónica y la separación, o nuevos grupòs como Ciëlo, entre otras historias.
Antes, Mario y Coco (fatalmente fallecido hace una década) habían alumbrado con neones de luz fría el camino de baldosas amarillas sónicas. Paisaje III (marcado por lo electrónico ya, quizá mejor disco que este, quizá menos shoegaze pero igualmente psicodélico y flotante), como la gran banda nacional del género o subgénero (pues aunque oriundo de Perú, el dúo estaba instalado en Madrid). Tanto que fueron repescados para compilatorios internacionales, o incluso remezclados por nombres como Autechre, Scanner, Scorn o Seefeel (a estos pronto les tendremos por aquí).


18 abril 2018

SHOEGAZE 9: Slouvaki, ¿un canon?

El segundo disco de Slowdive es lo que podríamos llamar joya redescubierta.
Una banda que en su día navegó, a ojos de la prensa, por el medio de la corriente sin destacar en exceso, pero siendo vista como claro prototipo del género por su mezcla angélica de sonidos líquidos y efluvios cósmicos. Si Ride eran la cara más rock, el pulso rocoso, ellos la más dream, el hálito etéreo.
Creo que fue necesaria una reunión para actuar en los festivales alternativos (con directos absolutamente sólidos ya en pleno siglo XXI) y sobre todo un reencuentro con el estudio discográfico en 2017 para que muchos se cayesen del guindo. Slowdive fueron importantes por la perfección de su propuesta dentro del género.

Antes de que la coyuntura actual decidiese abrazarlos Slouvaki, de 1993, ya era enarbolado como uno de los mejores discos de shoegaze. En el segundo largo de Slowdive encontramos una música que bebe tanto de Byrds como de My Bloody Valentine, y sublima ante todo una sonoridad sensual y sexual como pocos discos del género han conseguido (acaso uno, Loveless, imbatible en este repaso: Loveless es el mayor orgasmo de la historia del rock, vale, pero Slouvaki es el cigarrillo de después).
El disco abunda en joyas, brinda perlas de pop noise del calibre de "Alison", "40 days" o la épica "When the sun hits", atmósferas a gravedad cero como "Machine gun", experimentos tocados por la varita del productor del disco (Brian Eno, ahí es nada)...y bueno, la que con "Soon" (My Bloody Valentine) y "Lazarus" (The Boo Radleys) es la tercera piedra angular del género, ese infinito "Souvlaki Space Station" que toca con las yemas de los dedos el sol (y que en directo te hace volar como nunca antes te han hecho volar con música y ruido, por cierto)



14 abril 2018

SHOEGAZE 8, un paso gigantesco

Tras el colapso sonoro y mental que supuso Loveless la escena shoegazer quedó en lógico coma. Tan solo unos locos de frenopático de EEUU llamados Mercury Rev entregaron algo que, en asuntos de laboratorios del ruido, rivalizó un poquito con el disco de la guitarra al rojo. Pero Mercury Rev no guardaban demasiado paralelismo con el shoegaze (aunque pilotaban una nave  de Boom-Boomer psicodélico propulsada con toneladas de feedback y con desvaríos dignos de Syd Barrett).
El shoe de manual estaba más en la onda "copia descafeinada", entre la tormenta de pedales de distorsión y las voces en éxtasis a lo Stone Roses y Madchester en general (sign of the times). Salieron muchas bandas y muchos discos. Catherine Wheel, Chapterhouse, Boo Radleys, Curve, Sweredriver, Medicine y muchos más sacaron elepés entre lo interesante y lo mediocre en 1991 y 1992. Calcos que no aguantaban la comparación con una obra que había trascendido géneros (leí incluso que frente a todas esas propuestas de ruido a las seis cuerdas, Shields y los suyos no usaban pedales de distorsión en Loveless sino otros recursos como grabar montañas de pistas para un único acorde y cosas así). Salvo excepciones (como el 2º de The Pale Saints, en excelente In ribbons).
Y es normal porque NO era fácil. Después de la obra cumbre de My Bloody Valentine no bastaba con afinar la fórmula melodía+ruido, sublimada por el cuarteto escocés y aún hoy insuperada. Había que ir hacia otros parajes y eso no sucedió hasta el tercer disco de The Boo RadleysGiant Steps (1993).
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Pasos de gigante. Tarjeta "black" cargada de ambición. The Boo Radleys ya tenían dos discos de calidad creciente en el mercado, pero fue aquí donde echaron la casa por la ventana. Doble vinilo caleidoscópico que ha sido bautizado como el White Album del shoegaze. No me extraña. Aquí hay de todo y más. Por descontado hay ruido, pero no uno cualquiera: uno feroz, volcánico, una verdadera salvajada cuando se deciden por meter la quinta, que deja en pañales a muchos shoes. Pero hay otras cosas, inauditas hasta ellos en el subgénero: hay reggae, melodías folk, pop psicodélico sixties, dub, dance dislocado, música caribeña (las trompetas infinitas de "Lazarus", obra maestra del género), sonidos acústicos y tormentas eléctricas, y un cierre cristalino e irónico ("White noise revisited" que era una caricia psicodélica y mántrica), coros angélicos, un vocalista carismático cercano en timbre a Art Garfukel y en fin... un arsenal de sonidos tan irrepetibles e inimitables como los de Loveless, pero con un concepto totalmente diferente. Si Shields vivía encapsulado en su Valhalla sónico, esto era "Un feedback en la mochila" dejándose empapar de incontables culturas musicales para regurgitar una obra multicolor y sí, abrasiva.
La segunda obra maestra del género.

12 abril 2018

FARIÑA


Fariña, la serie de la productora gallega Bambú emitida por Antena 3 en prime time, está en boca, orejas, ojos y teclados de todo quisque. La realidad es que la serie supone un punto y aparte en la ficción de las cadenas en abierto, que sin embargo, y no es paradoja, manifiesta un continuismo con la que le antecede. Me explico.

La serie es un producto de presupuesto excepcionalmente holgado y eso se nota. La calidad del rodaje, la fotografía, los exteriores (algo importantísimo si quieres reflejar el narcotráfico gallego) poseen la calidad que el proyecto demanda. Y no en sus mínimos: Fariña nos ha brindado escenas tan potentes como esta:


La serie, derivada del libro víctima de secuestro, como todo el mundo sabe, habla de cosas "nuestras", ofreciendo un producto de interés mass media indudable que refleja unos hechos que todos conocemos y sentimos propios, de nuestra historia. Más aún, evidentemente, para los que conocemos el litoral de nuestra tierra: el tabaco de contrabando (sin ir más lejos, yo, que no fumo, he tenido cajetillas "de batea" en mis manos), el imperio de la droga y sus brutales consecuencias sobre la población en villas como Vilagarcía de Arousa, las lanchas cuatrimotor amarradas con dos cojones, a la vista en la Illa de Arousa, el chalet de tres plantas de un panadero, etc etc. Y merece la pena no perderse la serie solo por ver a esos Sito Miñanco, Laureano Oubiña, Terito o el clan de los Charlines que hicieron del crimen organizado un oficio normalizado en Galicia (todos, por cierto, interpretados magníficamente por una cantera de actores gallegos que por primera vez, o casi, dan la medida de sus capacidades... otra consecuencia de una producción holgada, que se permite exigencias actorales como pocas teleseries nacionales).
También es digno de elogio que o se tapen las intersecciones entre los clanes y la élite política gallego, y por supuesto, que se naturalice el acento propio (sería mortal que se impusiese en acento neutro en esta ficción, o que se escamoteasen los giros en castrapo -para los de fuera, la costumbre de mezclar gallego y castellano, que tan nerviosa pone a muchos y tan de aquí es-).

La parte menos lustrosa es cierto maniqueismo y que no consigue despegarse de algunos estigmas. El principal, la necesidad de apoyarse, como estatua praxiteliana, en una column de referencia en estilo. Para el caso, obvia: Narcos, la serie de Netflix. Este miedo a no buscar referentes, al menos durante su arrancada, es la parte continuista de nuestra ficción televisiva. Con sordina, pero lastra al no permitir darle el tono netamente propio a Fariña.
El formato de thriller enfático (la música a veces toca las narices por su énfasis, parece un lazarillo marcando por dónde van las cosas), el policía-guía de la trama, el retrato de Sito como "o noso Escobar", dan una sombra proyectada de la famosa serie americana, en ocasiones demasiado alargada, y además carente del tono narrativo irónico y el pulso casi scorsessiano de Narcos, o del arrojo al marcarse media serie en el idioma natural de los narcotraficantes... ¿no sería más inmersivo que en Fariña se hablase más gallego, al fin y al cabo idioma mayoritario en las zonas pesqueras gallegas, no solo alguna castrapada suelta? Ya lo he comentado: los actores, el acento y algunas expresiones en gallego usadas son una delicia, y un bien para la serie, pero podía ser más aún... ay miedo al subtítulo.
Apuntes finales: en el el sexto capítulo, último emitido, avanzan la aparición futura de Carmen Avendaño, y posiblemente ello suponga una ampliación de foco hacia la catástrofe social que supuso el narcotráfico que sume puntos positivos y añada más idiosincrasia propia a la serie. Y es que peros mediante, Fariña arrastra, se deja querer, tiene demasiadas cosas buenas que pesan más que las que podrían mejorar, y parece evolucionar a más y mejor. Es una de las series más notables de producción nacional que uno puede ver a día de hoy, que además relata un pasado aún no del todo cerrado, como sugieren las noticias más recientes.

08 abril 2018

Post Self, de Godflesh



Nunca había escuchado a Godflesh, la banda de metal experimental de Justin K. Broadrick y G.C Green. Sí he conocido la música de Broadrick en Jesu, que acerca el post metal al shoegaze.
Los cantos de sirena a propósito del nuevo trabajo de Godflesh me sacaron de la ignorancia para abrirme las puertas a un abismo de sonidos dolientes, perfecta banda sonora para la película de una de fantasmas en las catacumbas de tortura de un castillo inquisitorial. Post Self es un hervidero malsano de sonoridades asfixiantes que atonta en su puñetazo desde su arranque, el tema que da título al disco.
Riffs metálicos graníticos sin atisbo de virtuosismo (faltaría, esto no es Mötley Crue), electrónica que hermana el aislacionismo con el doom, y una batería que se convierte en un muro de sonido aplastante, industrial e hiriente. Acojonante.
La argamasa sónica resulta tan monstruosamente letal, dañina, que el empleo de voces guturales me resulta ineficaz, mero ejercicio de estilo innecesario. ¿Resulta en este sentido más brutal la canción "Parasite" por esa garganta que pide un ponche de miel con limón caliente, o por su feedback retorcido en modo loop? ¿Es más eficaz el estilo vocal canónico metálico o la tierra de nadie que habita "The Cyclic End"?
Heavys atípicos
No oculto mi querencia personal, que pasa por valorar la ruptura de fronteras antes que la demarcación inamovible. Bien, pues este disco borra y borra con saña: incluso en los temas más "metal" en sus graznidos graves extraterrestres, impera la sensación de estar en un campo de minas indefinido, último eslabón de una banda que lleva rompiendo límites desde los años ochenta.
Mi primer disco fav de 2018 -y con un par de títulos más, de los pocos que me atrapan desde el metal (extremo)-. Telita. De la que asfixia.

06 abril 2018

SHOEGAZE 7. La obra maestra

Loveless. 1991. My Bloody Valentine.
El dragón es un animal imposible de vuelo elegante, hermoso, pero de aliento abrasador, incendiario, letal.
También es este disco. Loveless es el único dragón sónico de la historia del rock. Una criatura imposible, irrepetible (pero afortunadamente ha tenido un hermanito, del que hablaremos en el futuro).


02 abril 2018

SHOEGAZE 6, el verso suelto: Kitchens of Distinction

Kitchens of Distinction se forman en 1986, su primera referencia e sun single de 1987 y su primer largo, Love Is Hell, sale a la luz en abril de 1989. Por fechas son, pues, anteriores a Ride o Pale Saints, o podrían haber sido añadidos al paquete de precursores o de casi-coetáneos de los primeros My Bloody Valentine.

Pero su disco de referencia es el segundo, Strange Free World. No es un álbum de ruptura con el debut, pero pule y conduce su sonido mucho mejor a eso que, en pleno 1991, ya era un movimiento consolidado. Uno al que no acaban de pertenecer del todo, no tanto por un sonido que sí estaba aposentado sobre el empleo de guitarras distorsionadas (que basculaban según la intensidad entre un dream pop atmosférico y un shoegaze ácido), como por las peculiaridades de una banda líricamente rica (su cantante y bajista era activo defensor de su condición homosexual en la lírica de Kitchens of Distinction) y melódicamente próxima, más que a las nanas ensoñadoras de Lush o Ride, al pop barroco del indie de los ochenta (The Smiths o Echo and the Bunnymen son referentes asociados habitualmente a su sonido).
Esta cualidad los separa del pelotón, los distingue (je, Distinction) y debería auparles a una posición destacada.

01 abril 2018

LEWIS & CLARK, EUROGAME HISTÓRICO PLURIFORME

Menudo título para un post... bueno, desentrañémoslo por partes.
1.- "Histórico". La expedición de Lewis y Clark (y extraeré directamente de la Wikipedia, en plan vago, la definición) fue "la primera llevada a cabo por estadounidenses que cruzó el oeste del actual Estados Unidos. Los expedicionarios partieron de cerca de San Luis (Misuri), pusieron rumbo oeste y atravesaron gran parte de Norteamérica hasta alcanzar la costa del océano Pacífico (...) Fue encargada por el presidente Thomas Jefferson inmediatamente después de la compra de Luisiana en 1803. Estaba compuesta por un selecto grupo de oficiales voluntarios del ejército de Estados Unidos bajo mando del capitán Meriwether Lewis y de su amigo, el subteniente William Clark".
Lewis (izquierda) y Clark (derecha)
Una odisea de unos tiempos en que explorar la Tierra aún era una aventura, inmersión en terreno ignoto.
Lewis and Clark on the Lower Columbia (1905), de Charles M. Russell
Sigue la Wiki: "Su peligroso viaje duró desde mayo de 1804 hasta septiembre de 1806. El objetivo principal era explorar y cartografiar el territorio recién adquirido, abrir una ruta segura a través de la mitad occidental del continente y establecer presencia estadounidense en la extensa zona antes de que Gran Bretaña u otros poderes europeos trataran de reclamarla. Los objetivos secundarios de la expedición eran científicos y económicos: estudiar la fauna y la flora del territorio, su geografía y el establecimiento de tratos comerciales con los indígenas locales. La expedición regresó a San Luis cargada de mapas, dibujos y diarios que fueron presentados al presidente Jefferson."
1803-1806, una Odiesa en el espacio americano.
Y bien, sobre estos hechos históricos se ha construido un juego de mesa. Un "Euro":
2.- "Eurogame". El tipo de juego euro es ese que prima unas mecánicas, las reglas, a las que emplasta un tema. Carcassonne supone el desarrollo de esa villa medieval como podría ser el de la Estrella de la Muerte. En ocasiones el tema está muy bien pegado. Es el caso de Lewis & Clark, the expedition, juego de 2013 (editado en castellano por Asmodée).
Y lo es porque todas las cartas de personajes, indios, exploradores y hasta animales que puedes utilizar en tu ayuda se basan en personajes históricos de la gesta. Pero por lo demás, estamos ante un juego "euro" que tiene la particularidad de combinar métodos diversos, que generalmente cubren, cada uno, un juego entero: colocación de trabajadores por el tablero (para el caso, de indios), construcción de poderosos mazos de cartas, recolección de recursos... todo para lograr hacer avanzar tu expedicionario de este a oeste y llegar el primero a Fort Clapsot en una carrera donde, como en todo buen eurogame, nadie es eliminado durante la partida, aunque al final obtendremos ganadores y perdedores según la posición que cada cual logre en la carrera por el río y montañas.
Cartas, expedicionarios que se reclutan durante la expedición
Expedicionarios navegando el río, y recursos a conseguir.
Indios, una ayuda necesaria


Lewis & Clark desplegado.
Así que 3.- es un juego "Pluriforme" porque aplica y combina muchas mecánicas (para legos, y por hacerme entender, el logro de Lewis & Clark es el de quien para crear un juego de tablero clásico novedoso logra mezclar las reglas del ajedrez, las del backgammon y las de la oca en un artefacto perfectamente ensamblado).

Conclusión: la experiencia ha resultado bestial, un juego absorbente, tenso, largo (si juegan tres la cosa puede alargarse un par de horas tranquilamente) que te vuela la cabeza porque exige planificar estrategias a medio plazo —acaparo pieles de la caza, para conseguir reclutar a Fulanito; que me dará la capacidad de escalar montañas en unos turnos, si aporto a su acción un par de indios que lleve en mi expedición...
Además la cuestión pasa porque si abarcas y recolectas de todo, como si tener más asegurase la victoria... mal vas: tu expedición irá lógicamente muy lenta. No se trata de pillar madera, indios y cartas a lo loco, porque entonces seréis ciento y la madre navegando hacia el oeste, y eso te pasará factura en lentitud. Y esto es un acarrera. En definitiva, un juego de tensos equilibrios.
Un pasatiempo de tablero brillante, para adultos —en el que pueden participar niños digamos a partir de 11/13 años, acompañados de adultos para echar un capote, y aún así no lo recomendaría si el crío/cría no es ya un jugoncete de otros juegos de mesa—. Juego con una estética de cómic franco-belga contemporáneo (con ilustraciones de una de esas firmas reconocibles en los juegos de mesa: Vincent Dutrait, quien por cierto también ha colaborado para la editorial de cómics Casterman). Ilustraciones que dan un tono visual amable a un juego más bien arduo. Ojo, arduo no por unas reglas inaprensibles, pues se aprende a jugar bastante rápido. Sino porque realmente las primeras partidas, me temo, haces el idiota y pierdes tiempo y recursos a gogo... convertirte en un buen jugador de Lewis & Clark, en fin, requiere varias partidas. La primera ha sido una gozada, no quiero pensar cuando lo dominemos realmente.
Todas las imágenes son tomadas de boardgamegeek.com.
Incluidos estos señores belgas jugando una partida.