21 abril 2018

Rhodes, el fenómeno

Es curioso cómo la prensa especializada en clásica ventila a Rhodes achacando carencias técnicas y manierismos varios. Supongo que con razón en ese análisis. Que Rhodes no es una Maria Joao Pires, un Daniel Barenboin, ni siquiera un Lang Lang (quien puede parecerse mucho a Rhodes en su gusto por romper ciertos muros de metacrilato).
El asunto a calibrar está en si un músico puede aproximarse a la clásica con actitud musical contemporánea, esa que ha elevado, con justicia, a Bob Dylan, Lou Reed y John Lydon a los altares (no siendo ni grandes músicos ni grandes cantantes). Y creo que en ese sentido el fenómeno Rhodes es interesante (o importante) porque por primera vez se rompen ciertos muros que es muy pertinente romper.

Es verdad que en Rhodes no cuenta el facto "composición" que eleva a los ejemplos "rock" que citaba arriba, pero hay que admitirlo, consigue algo que muy pocos consiguen en la clásica: la más preciosista destreza técnica e interpretativa no liga con el siglo XXI si se acompaña de maneras dieciochescas (salvo en un reducido grupo que, admítelo, no dejan de ser unos frikis de lo suyo, aunque lo suyo revista Aaaalta Cultuuuura). La clásica no se mueve, en tanto que espectáculo (¿qué otra cosa es una sinfónica en directo?) desde hace demasiado. Y la endogamia clásica ni quiere verlo, ni repararlo, ni admitirlo como problema. Pero la clásica es emocionante y maravillosa. No sus formas "de academia" sino esa música acojonante. Ahí Rhodes gana por goleada, sin estridencias (no hace el saltimbanqui en escena, gracias al cielo), con ironía (monologuista, signo de los tiempos) y en formato píldoras, muy asequible a todos. El beneficio, ganar acólitos a patadas, es muy superior al daño, interpretaciones justas o controvertidas.

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