09 mayo 2018

Shoegaze 13, vinieron para matarlo

En el panorama de los últimos noventa el shoegaze era una moda pasada. Se ha hablado del brit pop. Es evidente que esa ola lo engulló todo en Inglaterra, pero yo creo que para el gaze, tendencia poco comercial incluso en su momento de mayor esplendor, el verdadero punto de agotamiento ya lo estamos viendo. Fue el post-rock. Porque el ansia experimental de las bandas de guitarras distorsionadas tenía en las posibilidades, mucho más abiertas, de ese subgénero un campo en el que crecer a base de movimientos hacia los laterales. Es evidente pese a los rasgos personales de cada proyecto, que la fórmula shoegaze es bastante ceñidita: melodías ensoñadoras, voces frágiles y montañas de ruido gracias a una extensa pedalera de distorsión. El post-rock era un cajón de sastre en el que incorporar otras ideas, texturas e intenciones.
Y si además una de sus bandas fetiche abrebaba de los manantiales de Loveless con una finura que pocos "shoes" alcanzaron, tememos prácticamente escrito un acta de defunción para el género en su vertiente más inmobilista.
Esa banda se llama Mogwai. El arma homicida fue su primer disco: Young team, de 1997.
Mogwai' 97: prealopecia post-rock
En ese largo CD la música se mueve entre las síncopas comatosas de Slint, el detallismo lírico de Bark Psychosis, el desapego vocal de Tortoise (como estos, Mogwai son mayormente una banda de rock instrumental, aunque con una aproximación a lo vocal muy interesante) y las nubes parasitarias de My Bloody Valentine en crescendos eyaculatorios. Y consigue una corporeidad sonora abrumadora. Pero no es un disco shoegaze. Es otra cosa, entre cuyos ingredientes asoman generosas capas de tormentas y algunos paisajes de electricidad estática con querencia al score imaginario. Caracteres fabulosamente bien misturados que encantaron al mismísimo Kevin Shields (remember, alma y cerebro de My Bloody Valentine) y desarrollaron un lenguaje imitado hasta la saciedad por bandas de las cuatro esquinas del planeta, España incluida.
Que los directos del combo escocés fuesen una experiencia de volumen extremo, en ocasiones difícil de soportar sin tapones (personalmente recuerdo su live en el FIB de 2001 como algo extremo, brutal), terminó de ubicar a Mogwai en el podio de los grandes nombres del rock de cambio de siglo.
Un sonido único que hizo escuela y quizá causó la hibernación del shoegaze. Hasta la aparición del nu-gaze, porque en el rock todo es cíclico.

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