24 junio 2019

LUNGBUTTER Honey

No encuentro demasiado en redes sobre este trío radical y extremo como pocas cosas últimamente, así que vamos a llenar huecos.
Lungbutter son radicales porque se alejan de las modas "duras" del momento: aquí no hay metales para la MTV ni hardcore obvio, de ese llena festivales duretes. En Honey lo que te encuentras es una producción chunga, low pero no como moda pizpireta de estudiante de tercero de Historia que molan (a lo Pavement, vamos) sino en el sentido de los primeros Sonic Youth o Dinosaur Jr, o Honeymoon Killers, o Pussy Galore: sonidos descalabrados y chungos de digestión más que difícil creeados para arañar tímpanos, como si todo se hubiera grabado en una cloaca con enchufes mojados mientras la banda se esfuerza en matar ratas a guitarrazos y baquetazos.
Las tres jinetes del apocalipsis
Negrísimo disco de recitados virulentos, spoken Lunchiano que ah, sí, nos lleva a la pista buena. Lungbutter beben tanto del foxcore de las primeras Sleater Kinney (dislocaciones calambres, ritmos frenéticos o comatosos, según el humor...) como de Lydia Lunch y la experimentación "dirty" de la no wave y el primer underground USA, el de "Bad Moon Rising", los canallas Butthole Surfers y las demás referencias arriba mencionadas. Su caos a veces parece querer acercarse al extremismo sónico de Mezzbow (no se mueven en esa línea, pero su violencia por momentos se acerca a los nipones).
Honey, todo flores.
Lo de la sal en la herida es pacato para explicar la crudeza de Honey, uno de los discos rock del año, un empoderamiento de las guitarras eléctricas sin ganas de ofrecer caminos fáciles (melódicos, ambientales psicodélicos...) y con la malafollá en tiempos de reguetón y perreo por bandera. La hostia que te dan, si te acercas a estas tres con cara de comebollos...

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